domingo, 17 de noviembre de 2013

CUANDO LOS DATOS SE RELACIONAN.


Acabamos de registrarnos en un hotel. El recepcionista ha fotocopiado nuestra identificación, y nos ha solicitado un teléfono de contacto. Ya estamos dormidos cuando suena nuestro teléfono movil. Al otro lado, una voz que no conocemos, pero que al parecer lo sabe todo sobre nosotros. A partir de aquí, podemos entrar en una pesadilla. Nos informan de que han secuestrado a un familiar nuestro o, al contrario, informan a un familiar de que nosotros somos los secuestrados. No hacen falta armas, ni tan siquiera presencia física de nuestros captores, sino tan sólo información que nosotros consideremos veraz.

Esto le sucedió al grupo vasco Delorean, en su visita a México. Una llamada, identificándose como Los Zetas (el grupo de narcotraficantes más sanguinario del país), les informa de que va a haber un tiroteo en el hotel, y que no quieren que ellos se vean afectados. A la vez que les piden el número de su teléfono móvil, diciéndoles que no los utilicen bajo ningún concepto, les conminan a que adquieran unos nuevos de prepago con el que se mantendrán el contacto. A partir de aquí se suceden las llamadas a sus familiares solicitando un rescate, la escenificación del maltrato, las amenazas de muerte. Este caso tuvo un final feliz, con la intervención de la policía española.

En la plaza de una ciudad holandesa se instala una carpa. En el exterior una persona invita a quién, de forma gratuita, quiera que un presunto vidente que se encuentra en el interior les prediga el futuro. Como garantía de sus dotes adivinatorias, previamente les dirá algunos datos de su vida. Para ello es requisito que el candidato a utilizar el servicio, les facilite sus datos de identificación, ello tan sólo, manifiesta, para firmar que está conforme en participar en la experiencia. Cuando accede al exterior, el vidente, con largos vestidos blancos, se sienta frente a él, mesa por medio. Y acierta. Van apareciendo caractericticas de sus amigos, desengaños amorosos, proyectos laborales, relaciones clandestinas, incluso los números de su cuenta corriente personal o sus claves de acceso a distintas webs. Cuando el asombro de la “victima” alcanza la incomodidad, se abre el telón. En una oculta sala contigua de la carpa, varias personas bucean detrás de ordenadores.

Los datos de identificación de cada persona, son una fuente inagotable de información. Probemos a colocar nuestro nombre personal en google. En la mayor parte de los casos nos ofrecerá información sobre notificaciones de sanciones de tráfico, asistencia a los actos de un colegio, participación en una competición, y así una casuística ilimitada. Normalmente los primeros lugares vienen copados por empresas que ofrecen información de la persona buscada. Con extrema facilidad aparecerán nuestro domicilio, teléfono. Y, en los frecuentes casos de error, datos que nunca querríamos que vieren otras personas.

Todos nuestros accesos a páginas de internet quedan registrados por el número IP que cada ordenador lleva. La información que enviamos Al ciberespacio, por ejemplo nuestra presencia en las redes sociales, las compras de viajes, reservas de hoteles, jamás se borra. Simplemente queda oculta a nuestros ojos, en una nube cada vez más densa. Los recientes casos de espionaje aparecidos en los medios de comunicación muestran algo más inquietante todavía que la mera vigilancia que se ejerce sobre nosotros, y es la capacidad de procesar y relacionar los datos. Tradicionalmente la información de las personas se depositaba en registros públicos, ayuntamientos o parroquias, pero la capacidad de  relacionarlos y ordenarlos ha sido una labor compleja, y solamente a disposición de muy pocas personas. Hoy esta posibilidad se ha simplificado hasta extremos inquietantes.

El mismo día Juan recibió dos mensajes en su correo electrónico. En uno de ellos, le citaban para tres entrevistas de trabajo, citando el lugar y fecha. Ninguno de los tres era correspondía a su preparación anterior, ni siquiera a actividades que le pudieran resultar atractivas, pero las consecuencias de la inasistencia podían ser graves. En el otro correo, también se le citaba en un hospital. Quedó aterrado al saber que podía ser portador de una enfermedad grave, y ello a pesar de que no había acudido a ningún centro de salud en los últimos años. Al parecer, la parametrización de los datos que había ido plasmando en los últimos tiempos en una web de deportes, sus hábitos de consumo, y otros factores que el escrito no mencionaba, habían desembocado en que se detectara una enfermedad, de la que él no tenía sintomas. Su preocupación alcanzó el máximo, cuando al entrar en el centro comercial, no le apareció la publicidad sobre calzado deportivo y actividades al aire libre, que le asaltaba en los monitores que se iba encontrando a su paso. Ahora, por primera vez recibía publicidad de unas pastillas para la ansiedad y depresión, eso si, sin efectos secundarios.

Esta ficción podría estar presente en un futuro más cercano que lejano. Billones de datos se acumulan en servidores, esperando su procesamiento, de acuerdo a criterios comerciales o de otro tipo. Asistimos hoy a una lucha sin cuartel, entre compañías que quieren explotar estas montañas de información, y asociaciones o entes estatales que intentan proteger al consumidor. Está en juego una parte muy importante de nuestro futuro, no tanto la libertad, que ya en cualquier caso estará condicionada, sino la posibilidad de manipulación de nuestras vidas. Como decía el creador de facebook, Mark Zuckemberg, “si no quieres que se sepa de tu vida, no la subas a internet”.

 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Migraciones


El día 27 de agosto el halcón abejero que había sido anillado con el  número 41.504 salió de Alemania. Cuando lleva un mes volando, lo peor del viaje ha pasado. Atrás quedan los días del interminable desierto del Sahara, y ese momento en que tras unos fuertes ruidos algunos de sus compañeros de viaje cayeron al suelo. Tuvo que elevar la altura de vuelo para poder encontrar temperaturas más frías, luchar contra el cansancio, la sed y el hambre. Ahora, aunque aún queda lejos, puede sentir el mar del Golfo de Guinea, donde acabará su viaje.

También el día 27 de agosto, de madrugada, Theodor V., se despedía de la familia, para ir andando al autobús en el que haría los primeros dos mil kilómetros de su viaje a Alemania. Acaba de llamarle desde Berlín su primo Joseph, preocupado por su retraso. Allí, las cosas están complicadas, pero nada que ver con el lugar donde estuvo hace unos días. Por el teléfono móvil, que inexplicablemente aún conserva, le va contando lentamente y sin emoción, a Joseph, su secuestro en Mali. Creyó haber llegado al final, cuando los tuaregs lo amenazaron con matarlo, pues si no poseía nada no les servía. Tuvo que entregar el poco dinero que llevaba, y atravesando el desierto en Argelia vio el infierno. Ahora está escondido en Marruecos, y esta noche intentará saltar la valla en Melilla, primer paso hacia Europa. Por el momento todo es un sueño.

Las migraciones en los animales, no son simples trayectos al azar. Son viajes colectivos que exigen una inquebrantable voluntad, inserta en el instinto y en los genes de la especie. El biólogo Hugh Dingle ha señalado algunas características comunes a todas ellas. Son lineales,  exigen una sobrealimentación previa que compense el fuerte gasto de energía durante el viaje, y sobre todo un inquebrantable deseo de llegar al final. El viajero no se dejará distraer por las tentaciones, ni lo frenarán obstáculos que intimidarían a otros animales. En el horizonte un futuro mejor, que lo justifica.

El halcón abejero número 41.504 siente que descansará más tarde, que se saciará de comer y que después copulará. Ahora sólo repite los mismos movimientos mecánicos, el mismo aleteo  una y otra vez.

Para Theodor V. todo es peor, porque puede pensar. Comparte con el ave el instinto genético que lo lleva a la migración y la firme voluntad de  conseguir un objetivo. Donde otros ya habrían abandonado el sigue. Pero, al contrario del animal, conoce las dificultades y tiene que luchar contra un factor añadido, la desesperanza.  El afán de avanzar de cada día no es ciego, y los recursos que tiene que poner en juego son mucho mayores. Y lo que es peor, su objetivo no es ese paraíso en el que podrá saciar el hambre, reproducirse y criar a su prole, como lo es en el ave. Es algo lleno de incógnitas en las que prefiere no pensar, y concentrarse en la lucha que tendrá esta noche con la policía española.

En el mismo momento que el halcón abejero número 41.504 y Theodor V. intentan acercarse a su destino, millones de grullas se dirigen al ártico, los ñus azules en Tanzania buscan los tiernos prados en la última gran migración terrestre el mundo, y las ballenas azules recorren 8.000 kms. en busca de las cálidas aguas del Golfo de México. Migrar está en el ADN de personas y animales y, algún día, podemos ser nosotros los que lo hagamos.


 

sábado, 21 de septiembre de 2013

De safari con Boris


El apretón de manos de Boris es fuerte, pero no asfixiante, el grado de presión que denota franqueza, sin caer en el exceso de un absurdo ego. Este guía del Parque Kruger en Sudáfrica, con el pasaremos un día de safari, responde a la idea que tenemos forjada del cazador blanco. Alto, compacto de mandíbula cuadrada y firme barriga.

-        Boris es un nombre ruso?, preguntamos para romper el hielo.

-        Alemán, hace varias generaciones que mi familia llegó aquí.

Nos responde, mirándonos con sus  ojos azules. Esa mirada, que no está quieta en ningún momento, es el resultado de sus veinticinco años de guía. Desde el amanecer, conduce a los turistas, intentando  que fotografíen a los esquivos animales de la sabana africana.

-        También llevarás a los cazadores?

-        Ya no, prefiero que los animales sigan vivos.

El Kruger es el mayor parque natural de Africa, con una distancia entre sus extremos de casi cuatrocientos Kilómetros. Nos encontramos en el sur, en la parte arbolada, con arbustos, donde los animales encuentran cobijo, para esconderse, mimetizándose con el entorno, o acechar a sus presas.

Boris ha conducido el todoterreno a lo alto de un monte. Mientras divisamos la inmensa sabana, regresa con una pequeña planta completamente seca.

-        Cuando termine hoy nuestro safari, estará verde.

Ante nuestra incredulidad, la riega con unas gotas de agua mineral, y la guarda en el maletero en una bolsa de plástico.

-        Hoy podremos ver a los cinco grandes?.

-        Este es mi compromiso, aunque no os quedéis sólo en eso, mirad toda la vida, aves, plantas.

Los big five, león, elefante, bufalo, rinoceronte y leopardo, son el mito de todo cazador. Nos son los animales más “grandes”, sino los más peligrosos de cazar, aquellos que no te conceden una segunda oportunidad, que no admiten errores después de atacarlos. El primero en aparecer es el elefante, inmenso, tranquilo, dedicado a deglutir sus doscientos kilos de hierba diaria. Ha arrasado los arbustos y pequeños árboles de su entorno, y continua haciéndolo  con los que están junto al coche, mientras nos observa sin interés. En su lomo unos pajaros blancos, los picotean. Ambos se benefician: mientras unos los desparasitan, los otros les proporcionan alimento. Muy cerca un grupo de rinocerontes. Con voz muy baja, Boris nos enseña montañas de excrementos con los que han limitado su territorio. Ello no los ha librado de ser los más perseguidos de todos por su cuerno, a los que muchos asiáticos atribuyen propiedades curativas y afrodisiacas. La plaga africana del furtivismo se ceba especialmente en este animal, erradicado ya de muchos lugares.

 
De repente detiene el vehículo, saca los prismáticos, y señala a la la lejanía.

-        El leopardo.

 Susurra, aunque es imposible que nos pueda oir a esa distancia. Recostado en una roca, solitario, aparentemente relajado. Bello e inquietante, lejano.

-        Es mi preferido. Cada mañana es una oportunidad que empieza. Es como yo.

La imagen del animal le ha animado a hablarnos de su vida. El coche en el que vamos no es suyo, ni los prismáticos. Sólo le pertenece lo que lleva encima. Y, en cierta medida, la sabana que es su pasión. Le gustan los animales, más que las personas. Le gusta la cerveza, y si alguna vez siente la nostalgia, abre una nueva, y sigue abriendo hasta que desaparece. Entonces cierra los ojos, y ve a su leopardo.

-        Dentro de unos años el país será de los negros, son muchos más que nosotros. Ya ha pasado en Zimbaue.

Sale de su ensoñación, y nos pide silencio, a pesar de ser el único que habla. Detiene el motor, donde una sombra se mueve silenciosamente entre los arbustos.

-        Una leona.

Aparece por el camino, andando perezosamente, le siguen dos leonas más.  Pasan junto al coche, sin importarles nuestra presencia. Una de ellas se detiene y mira hacia atrás, espera al león. Cuando llega a su lado restriega su hocico, contra el lomo del de la cabellera, y ambos siguen juntos.

Emocionados, no dejamos de fotografiarlos, mientras Boris pone el coche en marcha, y los sigue lentamente. La manada continua por el camino, enseñando desdeñosamente el trasero a esos estúpidos e inofensivos humanos, resguardados en sus vehículos. Como llegaron, se internan en el matorral y los perdemos de vista.

Mientras saboreamos el momento, Boris ha detenido a otro coche, y en afrikaner, su lengua natal, le cuenta el hallazgo. Un colega, al que señala donde encontrar los leones.

Absorbiendo las emociones del día, llegamos al bar de Joao. Un portugués, al que la revolución expulsó de Mozanbique. Bromea con Boris, mientras nos prepara una hamburguesa de carne de antílope.

-        Cerveza ahora no, estoy de servicio. Nos dice Boris.

-        Pero sólo por ahora. Aclara riendo Joao.

Antes de despedirnos nos entrega una libretita donde, como otros viajeros escribimos las impresiones del día.

-        Es sólo para el negocio, para enseñarlo a otros viajeros. Las sensaciones las guardo aquí. Dice y se señala la frente, mientras nos decimos adiós con un abrazo.

Hace un buen rato que nos hemos despedido, y hablamos en ese momento de Boris delante de una de esas cervezas que tanto le gustan, cuando lo vemos aparecer a lo lejos. En la mano trae una planta, de un verde brillante.

-        Mirad la transformación. Es la planta seca de esta mañana.

Cuando ya llevaba más de una hora de carretera a su casa, volvió sobre sus pasos. Algo le faltaba al día, mostrar el  milagro de la renovación, el triunfo de la vida.

 

 

 

sábado, 7 de septiembre de 2013

Camino a la Cala de San Pedro


 
A la cala de San Pedro no llegan los coches, si lo hacen  las personas y las sensaciones del mejor mediterráneo. Esta cala almeriense está situada  entre Agua Amarga y Las Negras, de donde salen las únicas sendas por las que se accede. Escogemos la primera de ellas, el camino más duro y la llegada más gratificante.

En estas primeras horas de la mañana el pueblo comienza a despertar, turistas madrugadores que quieren saborear el alba o tomar el primer café entre parroquianos silenciosos. La jornada se presenta calurosa, las rampas iniciales ya las suben algunos bañistas que con neveras y sombrillas acuden a la cercana Cala de Enmedio. El primer alto para ver las decenas de  barcos fondeados en la bahía de Agua Amarga. En un rato habremos llegado a la Cala del Plomo, la más africana. Un camino de tierra con palmeras, antiguos huertos y al fondo el mar, brillando con luz cegadora. Algunas caravanas han pasado allí la noche y sus ocupantes reciben al salir un manotazo de calor y mar, con la banda sonora de las cigarras. La playa lentamente se va empequeñeciendo y el litoral desvelando, según avanzamos en la violenta y árida subida que nos aleja del agua. El sol es el rey, y la temperatura avanza tan lenta y constantemente como nosotros. El sudor que se desprende de todos los poros es la única humedad que se percibe entre tierra  y plantas tan recias como el entorno. Y al fondo el mar, cambiando de color con las horas, brillante,  con matices y tonos en la lejanía. Ese Mediterráneo que ahora nos parece perfecto, pero que ha sido testigo de más derramamiento de sangre y dolor que cualquier otra agua del planeta.
Llevamos rato atravesando sendas solitarias, y  cuando pensábamos en la desidratación, aparece la Cala de San Pedro. Al fondo de un barranco se advierten sus aguas turquesas, la blanca arena de su playa, los restos del Castillo de San Pedro y la vertiginosa senda que desciende. Conforme avanzamos se definen sus ocupantes, personas y construcciones, edificadas con los años, y que hoy ocupan los que pasan aquí largas temporadas. A estos se les distingue con facilidad. Muy bronceados, por este casi sempiterno  sol, a menudo lucen rastas y, de llevar alguna ropa encima esta es ancha, con un inconfundible look años 60 del pasado siglo. La prisa ha desaparecido, los días el sol y el mar, las noches la fogata y la música.
 
Los último pasos en la arena, los primeros en el agua y al sumergirnos es la catarsis. El sudor que nos empapa se diluye en el mar, sentimos el roce del agua en nuestros músculos, en nuestra cara. El agua nos acoge, volvemos al lugar del que nunca debíamos haber salido. Son instantes de plenitud. Alzamos la vista y vemos la senda por la que habremos de retornar. Nos sumergimos una vez. Cuando salimos a la orilla nos sentimos plenos para el regreso. Aunque nuestro cuerpo protesta, rebelándose contra un esfuerzo al que no encuentra sentido, nuestra mente está preparada. El camino a la Cala de San Pedro nos ha conectado con nuestra parte de agua y soledad, con la tierra y el mar.


domingo, 1 de septiembre de 2013

El último dia de las vacaciones


 
Miró el móvil: otra vez las siete de la mañana. Estaba despierto y sin trazas de volverse a dormir. Había desterrado el despertador y el reloj, pero no  el hábito de la hora de ir al trabajo. Seguían todos durmiendo, por lo que intentó ser lo más sigiloso posible. No lo logró. Cada uno de sus movimientos originaba pequeños ruidos, cambios en ese orden del caos que era el apartamento.

-        Sin vacaciones no. En septiembre ya veremos.

Ese había sido el lema, que, como un mantra, se había repetido hasta la saciedad. El resultado fue el alquiler por una semana de este apartamento. Salón y un dormitorio, donde encajaron los cinco miembros de la familia y además, si giraba el cuello por la ventana, a lo lejos, permitía ver el mar.

-        Total, sólo será para dormir. Por la mañana la playa, por la tarde paseo marítimo, cervecitas y buena siesta.

El guión parecía perfecto. Y además se había cumplido. Aunque de los  paseos ya estaba cansado, la playa había sido lo peor. Cada mañana la expedición necesaria para cubrir los quince minutos que separaban el apartamento de la arena, siempre acababa en discusión. Algo que quedaba olvidado, un niño que no había acabado el desayuno, la compra de cada día en el supermecado. Aún era peor al llegar a la playa. Buscar un sitio para la sombrilla, vigilar a los niños, sin olvidar esa cerveza  entre esa masa con olor a crema solar que invadía el chiringuito. Lo mejor esa siesta de dos horas, de la que se levantaba aturdido.

Afortunadamente, pensaba mientras se dirigía de puntillas al servicio, dentro de unas horas dejarían el apartamento. Intentando esquivar unas toallas abandonadas en el suelo, dió una patada al flotador que a su vez acabó golpeando a un niño. Este pensando que había sido su hermano, que dormía en la misma cama, le dio una fuerte patada. De nada sirvieron sus llamadas al orden, para que de pronto se formara una batalla campal, con su mujer gritando a pleno pulmón.

Era la señal que esperaba. El momento de largarse había llegado. A preparar las maletas y olvidar aquel maldito apartamento. Por una vez todos estuvieron de acuerdo. ¿Quién habló de síndrome posvacacional?. Su cuenta en el banco es la que iba a tener síndrome. Ahora había desaparecido el miedo a la caravana de entrada a la ciudad y al primer día de trabajo que, por el momento, todavía tenía. Cuando entregara la llave del apartamento, habría dado el paso para volver a la añorada rutina.

 

martes, 20 de agosto de 2013

UNA NOCHE EN EL AEROPUERTO DE DUBAI.


 
Son las dos de la mañana en el aeropuerto de Dubái, hora punta. El vuelo procedente de Johannesburgo acaba de tomar tierra. La última visión del avión que tiene el pasajero es la de unas bellas, bellísimas, azafatas que lo despiden sonrientes. Después de ocho horas de vuelo, no se ha movido un pelo de su cuidado peinado, y lucen un intenso rojo en los labios. Parecería que han sido puestas aquí en el último momento, contrastando con viajeros pugnando  por salir, como si quedasen en libertad tras un largo encierro.

La efervescencia del aeropuerto empieza en las propias pistas. Un autobús recorre un mar de obras donde se afanan legiones de obreros, y circulan vehículos en todos los sentidos. Por fin se llega a la terminal, nuevo control de equipajes, pasillos, y … comienza el espectáculo. Se accede a lo que parece un centro comercial en hora punta de ventas navideñas. Todas las marcas de lujo conocidas, y algunas que no lo son están allí. Algunas de existencia difícil de entender. La tienda del champagne Moet Chandom, está atendida por cinco dependientes, y ningún cliente. Resulta difícil ver algún comprador en la de Mont Blanc, aunque pasemos varias veces delante. Dos personas atienden una tienda de venta de vinos a 200 dólares la botella, y en otra encontramos teléfonos móviles de más de 40.000 dólares. Estas boutiques especializadas cuentan con un mínimo porcentaje de visitas  de los miles de asistentes del aeropuerto. Su presencia obedece más a motivos de prestigio de marca que a ventas efectivas.

Quedan ahora siete horas para la salida del siguiente vuelo. El aeropuerto también cuenta con Hoteles para estos casos, a 50 dólares …. la hora. Salgamos a ver Dubái. Nos confirman que para los españoles, entre otras nacionalidades el trámite es fácil.  Vamos. Varios pasillos, un tren interior y un mega ascensor después, llegamos a otra gigantesca sala de control de pasaportes, donde la luz y los cientos de personas que allí se encuentran no hace pensar que han pasado las tres de la madrugada. Emirates sigue la filosofía de que el que paga debe tener un trato preferente. Así, la cola de la Clase Bussines está prácticamente vacía, mientras la Economy tiene proporciones alarmantes. A las cuatro de la madrugada, tras un rato sin movimiento de la cola volvemos sobre nuestros pasos. Todo se encuentra abierto y en efervescencia. ¿Café o cerveza?, nos hacemos la pregunta frente al nuevo modelo de alta gama de BMW que se haya expuesto. Hacemos hora paseando, y nos damos cuenta de que son las cinco y media,  definitivamente: café.  El camarero nos acoge amablemente, y media hora después, ya retiradas las tazas, nos ha traído la cuenta. Dólares, euros, moneda local, pueden pagar como quieran con tal de que se larguen. Un grupo de chinos, cámara en ristre claro, se cruzan con dos árabes de túnica impoluta, que al parecer se han levantado para ver sus negocios, y estos con una pareja enfundada en chillonas camisetas recién adquiridas. Y es que han pasado ya de las seis de la madrugada, es hora de buscar la puerta de embarque. Cuando llegamos han empezado los trámites de embarque, a pesar de que falta más de una hora para la salida del vuelo. Otras flamantes azafatas, con moños imposibles y un violento rojo en los labios examinan los pasaportes. Cuando salimos de este ente con vida propia que es el aeropuerto ya ha amanecido, y la temperatura en el exterior debe ser de cuarenta grados. El autobús atraviesa obras, se cruza con trabajadores y vehículos. Los aviones de Emirates se alinean para en breve conquistar el mundo. Al subir al avión tenemos la sensación de haber vivido un espejismo de una pocas horas. Los cuentos de las mil y una noches en versión petrodólares.


 

viernes, 2 de agosto de 2013

AFRICA




Si la vida bulle, es África. Cuando cada día es empezar de cero, es África. Cuando el impala distraído, siente su cuello desgarrado por el gran felino, y se le derrama la vida bajo el inmenso sol de la sabana. Cuando cerca del fuego abrasador, que emana de una conducción de gas, una mujer inundada en sudor calienta su comida, mientras sus harapientos hijos juegan en las tuberías y el padre fuma en la puerta de su casa de plásticos es África.

Casi un millón de personas vive en Kibari, un barrio chabolista cerca de Nairobi. Han emigrado del campo, buscando una vida mejor, como otros millones de animales emigran buscando los tallos tiernos y el agua. Personas y animales compiten por llevarse algo a la boca y, quizá, un poco de placer. El león cazador, saciado de la carne del impala, mira a las hembras de la manada y sus posibles adversarios. Muy cerca, bajo el abrasador calor de un techo de uralita, dos jóvenes apenas salidos de la niñez descubren sus cuerpos. En el éxtasis África es el paraíso. No hay hambre, ni calor, ni moscas, sólo el olor del sexo, y ese otro dulzón cada vez más presente de animales, basura y hierba.

Anochece en el Serengetti, y la vida empieza para muchos animales escondidos durante el día. Oportunidades y peligros, el ciclo de la eterna supervivencia. Los mismos que tendrán esos cuatro amigos que en un siniestro cruce de autopistas de Johannesburgo, esperan al confiado conductor para robarle el coche, y quizá la vida.

Mientras tanto el agua sigue rugiendo como al principio de los tiempos en las Cataratas Victoria, el mar es inmensamente azul en el Índico, y el desierto grandioso en el Sahara. Belleza y suciedad, tristeza y alegría. Hoy es un nuevo día en África.